21 feb. 2018

LA HISTORIA DEL "VISCO" BRAIAN






por Pedro Aristizábal

Son las 8: 15 de un martes de verano. Uno de los fiscales de la unidad especial de flagrancia, Martín Wilson, va caminando hasta la fiscalía. Ya le avisaron que en el juzgado habían designado una audiencia para las 11, por un hecho aparentemente violento que ocurrió en la zona de mataderos hacía dos noches, y que tuvo como protagonistas a un muchacho, su madre y un policía. El pibe estaba detenido desde ese momento.

A la misma hora desde la otra punta de la ciudad, su compañero Norberto Netto, iba también caminando, pensando en lo pesado que se le hace esto de ir a una oficina con gente tan distinta a él. Pensaba también en la audiencia que iba a tener un rato después.

Los dos desconfían de lo que dice la policía. Casi por instinto.

“Menos mal que está Martín”, pensaba Norberto, mientras caminaba escuchando cumbia santafesina en spotify.

Llegan a la oficina casi juntos, casi siempre llega antes Martín y lo mismo ocurrió ese día, se saludan y saludan al resto de los empleados del lugar.

Empiezan a matear mientras llega el sumario policial. Estos papeles que prepara la policía cuando detiene a alguien por haber cometido un delito.

La división del trabajo en la fiscalía es la siguiente cuando están de turno con los hechos que se cometen en “flagrancia”. Dos o tres empleados empiezan a mirar el sumario policial, y comienzan a hacer unos apuntes que le serán de utilidad a los fiscales en la audiencia.

Además, certifican si las personas que están detenidas tienen algún antecedente y buscan cualquier información que sirva para evaluar cualquier medida que pueda solicitarse a la jueza en la audiencia. Se sientan los dos o tres empleados y empiezan a trabajar el caso.

El detenido es un chico de dieciocho años recién cumplidos, desempleado y con el secundario sin finalizar. Se llama Braian Macedo y está esperando un hijo con su novia, la Sofi.

Una de las empleadas dice “Que hijo de puta. Mirá es un loquito, se re sarpó”. La otra le contesta, “sí, como le va a hacer eso a la madre”. Otro asiente y agrega “además el pendejo le hizo frente al poli. Mal”. Empiezan a escribir y certificar los antecedentes.

Martín, sin ver el sumario, ya piensa “si este pibe llega a tener un solo antecedente estos pibes le piden la guillotina”.

A Braian se le imputa haber cometido los siguientes delitos: resistencia a la autoridad, lesiones leves y amenazas, todo agravado porque la víctima es un integrante de las fuerzas de seguridad.

La versión policial en el sumario decía algo así: que Braian estaba en la calle insultando y gritándole a una mujer que resultaba ser su mamá y que en un momento la intentó estrangular, razón por la que el policía que estaba viendo lo que pasaba, intervino para separar. En ese momento, Braian se resistió, insultó al policía y forcejeó, quiso pegarle. El policía con buen tino trató de neutralizarlo con la mínima fuerza indispensable, pero Braian, astuto, se soltó y empezó a correr al grito de “hoy mato un poli”. Agarró una piedra y se la tiró con mucha puntería ya que le pegó en el pecho, exactamente en el chaleco antibalas, lo que generó que el policía perdiera el equilibrio, cayera y se lastimara la pierna. Por la rapidez del trámite de flagrancia, no había informe médico ni nada que probara esa lesión.

Estefanía, una de las empleadas de la fiscalía dijo: “yo a este pibe lo metería en cana un par de meses para que aprenda, ¿tiene antecedentes?”, preguntó expresando más un deseo que un interrogante.

Se sabe que si un imputado tiene antecedentes por lo que sea, puede ser considerado reincidente, y si puede ser reincidente eso significa que puede fugarse. Si puede fugarse entonces puede, perdón, más bien debe decretarse la prisión preventiva del imputado.

Es increíble pero así es el derecho o más bien la práctica del derecho. La prisión preventiva, que debe ser excepcional porque es mandar a una persona a la cárcel antes de que alguien lo condene, sólo se justifica si existen riesgos procesales. Y que pueda ser reincidente significa que se va a fugar o que va a entorpecer el accionar de la justicia.

Cuestión, si Braian tiene algún antecedente se va a fugar o algo así. La verdad mucho no importa.

Desde el sentido común es muy difícil probar algo así. Honestamente ¿Como se prueba que alguien va a fugarse o va apretar testigos o algo por el estilo? Más aún, en un caso que entra al trámite de flagrancia hay muy poca prueba. ¿Cómo se va a entorpecer el proceso si la prueba es poca y simple? ¿Y el peligro de fuga? ¿Por qué alguien que puede llegar a ser declarado reincidente si o sí se va a fugar?

Los juristas, los jueces, los fiscales, los profesores de derecho, los estudiantes, los practicantes, los empleados, todos mienten. Pero sobre todo se mienten a ellos mismos. Y el derecho termina siendo una mentira, hermosa mentira que viola elementales reglas de lógica y sentido común.

Volvamos al amigo Braian. Por suerte para él, no tenía antecedentes, lo cual sorprendió a Estefanía, la chica de la fiscalía que preparaba los apuntes para la audiencia.

—"Bueno no tiene antecedentes, si el defensor quiere se puede hacer una probatio".

La probation o suspensión del juicio a prueba, es un instituto que sirve para que un caso no llegue a juicio y se solucione de un modo en el que todas las partes involucradas en el proceso puedan quedar conformes. El imputado se saca de encima ir a un juicio, la víctima se puede ver compensada con una reparación económica, el Estado puede buscar una salida razonable a un hecho con consecuencias penales. Y además, se dice, vaya a saber por qué, que la probation “resocializa”. Otra hermosura.

Martín y Norberto no paraban de escuchar todo esto, asombrados sobre como la justicia penal “resuelve” este tipo de conflictos.

Veamos. Primero, raro el hecho. Segundo, raro que un pibe de dieciocho años aparentemente visco (había una foto en el sumario) y flaco forcejeara con un policía, se soltara y le tirara una piedra al grito de “voy a matar un poli”. Sobraba y faltaba información ahí y ellos lo sabían. El problema era como plantearlo sin que se piense que ellos en realidad estaban a favor del pibito. El peor pecado en un fiscalía es pensar algo, por mínimo que sea, en favor del detenido.

¿Cómo plantear la duda sobre la versión policial cuando todos los empleados y secretarios de la fiscalía están acostumbrados a convalidar lo que manda la policía?

Por esa razón, ninguno entendió muy bien cuando Norberto dijo, “che ¿Por qué no llaman a la mamá del pibe a ver qué pasó?”

En el ínterin, entonces, medio a regañadientes, Betina, otra empleada, llamó a la madre del chico detenido.

La mamá, Julia, dijo que efectivamente estaban discutiendo porque "el Braian será padre en breve", su novia de 18 años le propuso convivir, pero él no quiere. La madre del joven cree que su hijo debe conseguir un trabajo y “sentar cabeza”, pero él quiere seguir viviendo con sus padres y no quiere continuar la relación con la futura madre de su hijo/a.

La discusión se trasladó a la puerta de la casa y de ahí a la vereda, subió de tono mientras el joven se retiraba del hogar. Algunos gritos llamaron la atención de un policía que pasaba por ahí, que se acercó e intervino procurando que la pelea finalice. El joven reaccionó enojado con el policía quien sacó una especie de cachiporra, lo cual en ese contexto hizo que la tensión aumentara y comenzaran los insultos entre el pibe y el policía. De este modo Braian asustado salió corriendo y entre el policía y otro que pudo acudir a la situación lo detuvieron.

¿Cómo intervendrá la justicia ante este conflicto? O para decirlo en criollo… ¿y ahora? ¿Qué carajo hacemos?

La audiencia será dentro de una hora y Braian lleva casi 48 horas detenido en la Unidad Penitenciaria del palacio de Tribunales, el depósito, como le dicen.

En la fiscalía ponen en duda lo que dice la madre del chico. “Es la madre, qué va a decir” dice Betina. “Claro, no quiere que vaya en cana”, agregó Estefanía. “Somos fiscalía”, dijeron al final, a coro.

Martín y Norberto van caminando a la audiencia junto con Betina. Los dos creen que esto es raro pero a la vez les hace ruido la violencia del chico, además “son fiscalía”, frase repetida en la oficina  por Betina.

También es la frase casi preferida de Estefanía, una salteña de poco más de 35 años, que labura en esa fiscalía desde que se vino de Salta a estudiar a Buenos Aires para cumplir con el mandato familiar de tener una abogada en la familia.

Ambas, como muchas y muchos otros, son un engranaje del sistema de justicia que decide sobre la vida y la libertad de las personas. Por lo general pobres. 

La audiencia estaba fijada para las 12, y Braian estaba sentado en uno de los calabozos del depósito. Tenía hambre y miedo y no sabía cuánto tiempo más iba a estar ahí. Después de la primera noche cuando se le fue la bronca, empezó a extrañar a su mamá y a la Sofi. Siempre cuando baja la bronca pasa lo mismo.

El día de la audiencia mientras esperaba pensaba “la puta madre, este cobani que me agarró si yo solo estaba peleándome con mi vieja. Mirá si le voy a pegar a mi vieja, rati de mierda que me sacó ese machete para hacerse el guapo, si no se metía no iba a pasar a nada y yo ahora estoy acá y no entiendo porqué hace dos noches que estoy acá. ¿Qué van a hacer conmigo? Si me hubieran agarrado por haberme mandado una cagada bueno, pero estoy acá sin comerla ni beberla. Ni que anduviera de caño todo el día. Este rati de mierda me agarró en la puerta de mi casa por pelearme con mi vieja y a la vuelta están los transas y con ellos arregla y no les pasa nada. Que rati de mierda”.

“Macedo!” grita el guardia,"¡arriba! a la audiencia!". Eran las 14, la audiencia se había retrasado porque la jueza Hilda Mansoit estaba almorzando una ensalada de rúcula con parmesano y en el juzgado faltaba el aceite de oliva, así que uno de los ordenanzas tuvo que salir a comprar uno por ahí.

Afuera de la sala de audiencias del juzgado empezaron a hablar los fiscales de flagrancia con el defensor oficial, Esteban Quirolo, un abogado de cuarenta y cinco años, con veinticinco años de trabajo en tribunales, acostumbrado a “arreglar”, o sea, a hacer acuerdos para sus defendidos con la fiscalía.

Ahí afuera, empiezan a hablar y acuerdan hacer una probation. Entran al juzgado y hablan todos con el secretario para que sepan lo que iba a pasar en la audiencia oral que se iba a realizar un rato después. Y por supuesto para que no haya ninguna sorpresa para la jueza.

El secretario del juzgado, mano derecha de la jueza, es un tipo de cuarenta años que hace veinte trabaja con esa jueza y aunque está cansado de ella, no puede dejar su trabajo. Sueña habitualmente que la estrangula y se despierta sobresaltado, sobre todo los días en que el juzgado está de turno, con esto de los detenidos y los delitos urbanos que se comenten en la ciudad de Buenos Aires. Cuando no está de turno también suele soñar con la jueza, pero desnuda.

El secretario estuvo de acuerdo, así que estaba todo listo para la puesta en escena.

Antes, el defensor debía tener la entrevista con el imputado en una salita contigua a la sala de audiencias. Se los ve hablando durante un rato, el defensor le explica que, por lo que hizo, para no ir a juicio y evitar una condena, va a tener que firmar una probation y comprometerse a terminar el secundario, hacer algunas tareas comunitarias y pagar unos 300 pesos. Además, le comentó que la fiscalía va a pedir que inicie un tratamiento psicológico para controlar su ira.

Por su parte, los fiscales Norberto y Martín sienten apaciguada su culpa sabiendo que no mandan a un pibe a la cárcel y se convencen que un tratamiento psicológico para el chico y que retome los estudios es algo bueno para él y que si sale así, dentro de todo sería algo razonable como respuesta ante la situación.

El joven le dice a su defensor que los hechos no ocurrieron así. Además, el pibe tenía unas lastimaduras y moretones en la mano y en el hombro, y un dedo entablillado en forma precaria. Le comenta al defensor que eso fue la policía y el defensor le dice, “Bueno, eso no importa” tras lo que le sugiere que no declare nada de todo eso cuando inicie la audiencia y que  lo mejor que le puede pasar es lo de la probation. Volver a estudiar para terminar el secundario y hacer algunas tareas comunitarias en alguna iglesia.

Asustado, Braian entonces dice que está bien.

El debate de cómo sucedieron los hechos pasa a un segundo plano, todas los abogados intervinientes ya acordaron una versión que permita la aplicación del instituto de la probation. Norberto, Martín y Betina entran a la audiencia. En un escritorio con una silla con un respaldo enorme está la jueza Mansoit, bronceada, de unos cincuenta y cinco años muy bien llevados. En una mesa chiquita al lado está el secretario. Luego entran el defensor y Braian.

Braian pesa cincuenta kilos, mide 1,50, es visco, lampiño y está peinado. Tiene una musculosa negra, una bermuda del mismo color y unas zapatillas con zoquetes blancos. Está nervioso y tímido. Mira con respeto a la jueza y a todos las personas de traje y bien vestidas que están ahí. Piensa por dentro, “la puta madre, ¿que mierda es todo esto? ¿En qué carajo me metí, dónde está mi mamá?".

Empieza la audiencia, uno de los fiscales relata el hecho, el defensor no objeta nada. Braian pide perdón, ofrece resarcimiento económico y tareas comunitarias. La fiscalía pide en cambio que el chico inicie un tratamiento psicológico y el colegio secundario (técnico, con salida laboral). Mientras esto ocurre en la sala, uno de los fiscales piensa “¿Quién soy yo para pedir que este pibe empiece un tratamiento psicológico? Las veces que me peleé con mi vieja la puta madre… Además, por qué tengo que disponer que vaya a un colegio. Si yo fuera él me tatuaría al gauchito gil en el hombro, me la pasaría tomando birra, saldría a robar un banco, no sé, una vez aunque sea. La puta madre, este pibe es más libre que todos nosotros juntos y eso que estuvo dos días preso”.

El otro fiscal se reconoce como un agnóstico del psicoanálisis, mira al pibe y se pregunta “y si este chico no quiere ir al psicólogo, porqué lo obligamos a hacerlo? Yo si fuera él no voy ni a palos”.

"Doctor, ¿algo más?" le dice la jueza a uno de los fiscales que, abstraído, cae en la cuenta de que la jueza iba a resolver.

“Por ahora es todo señora Jueza".

Braian y su defensa aceptan con gusto el planteo de la fiscalía. La jueza no tanto y resuelve. Considera que la sanción debe ser “ejemplificadora”, para que esto de la agresión a la autoridad no se repita nunca más.

Decide sumar lo que ofreció el acusado a lo que pidió la fiscalía. Así dispone: resarcimiento económico ($700 a ser entregados al policía), tareas comunitarias (4 horas por semana) y tratamiento psicológico obligatorio. Sobre la vuelta al estudio le aconseja que lo haga para su futuro. Además dispone fijar “arraigo” en el domicilio de su madre.

Braian asiente, y le cambia la cara cuando escucha que la jueza ordena su inmediata libertad. El joven se va golpeado y con obligaciones, también con el deber de permanecer en la casa de sus padres y así, sin querer, queda zanjado el contrapunto que dio origen a la discusión con su mamá.

Todos firmaron el acta, se saludaron cordialmente y salieron de la sala.

Braian arrimándose a uno de los fiscales que lo miraba le dijo “ustedes hablaron con mi mamá? Porque no tengo la SUBE para volver a mi casa. ¿Alguien puede llamar a mi mamá?”.

Casi todos salieron del palacio de tribunales. Menos el secretario del juzgado.

Eran casi las tres de la tarde. La jueza paró un taxi en la puerta. El defensor tenía que ir a buscar a sus hijos a la colonia. Betina tenía que ir rápido a su casa porque la empleada que cuidaba a sus hijos se tenía que ir a las cuatro. Así que saludó a Norberto y a Martín y se fue.

Martín se hizo el distraído porque se iba para el mismo lado que Betina, pero la realidad es que no la soporta, así que se quedó charlando con Norberto, diciéndose, ambos, que no entendían por qué la jueza había resuelto así.

Tras una charla de unos quince minutos, indignados por la forma en que la justicia resolvió el caso, sintiéndose ambos también parte de la perversión e hipocresía del circo, creyeron que lavaron sus culpas  diciendo que, si ellos no estaban, quizás la cosa se hubiera resuelto peor.

Luego de terminar la charla, Martín se fue a tomar el subte para ir a su casa dónde lo esperaba su familia. Ansiaba tomar una cerveza y jugar con sus hijos.

Por su parte, Norberto iba a tomarse el tren porque era temprano. Se sentó en un asiento del lado de la ventanilla, abrió una novela que estaba leyendo pero que ese día no iba a leer, se puso los auriculares y miró por la ventanilla hasta llegar a su lugar de destino. Mientras pensaba: “El desamor es un hombre mirando con cara de pavote por la ventanilla de un tren”.

Entre flashes,  ambos, Norberto y Martín no dejarían de pensar en Braian y en el último pedido de que llamen a su mamá o le presten plata para la sube.

Mientras tanto, Braian se fue caminando por la calle Corrientes en dirección a Once, y cuanto más se alejaba de tribunales los ojos se le iban desviscando hasta ponerse derechitos, el pelo se le iba transformando hasta quedar bien como un wacho piola, su postura se iba irguiendo, empezaba a sacar pecho y hombros. Caminaba y pensaba “que manga de caretas, la jueza y todos estos, ni que hubiera matado a una vieja. Las pelotas voy a ir a esas tareas comunitarias, ¿quién se va a fijar? Al 'Carucha' una vez le pasó y nunca cumplió con eso y no pasó nada. Lo que más bronca me da es tener que juntar 700 pesos y encima para darle a ese rati. Lo del tratamiento ese qué se yo, lo que sí estaría piola es terminar el colegio. Por mi vieja sobre todo. Pobre la vieja que mierda me tiene que decir que siente cabeza y ponerse tan pesada”.

Después iba a pasar caminando por un puestito callejero de Once donde manoteó unos escarpines para regalarse a la Sofi, a quien a pesar de las idas y vueltas la re ama.